Me gustaría saber si Cristo tuvo un cachorrito negro,
lanudo y enrulado como el mío.
Con dos largas orejas sedosas, la nariz redonde y húmeda,
y dos ojos marrones, tiernos y brillantes.
Si lo tuvo, estoy seguro de que ese perrito negro
habrá sabido desde el principio que Él era Dios;
no necesitó una prueba de que Cristo era Divino,
para adorar el suelo que Él pudiera pisar.
Me temo que Cristo no lo tuvo, porque he leído
cómo rezaba en el Monte a solas;
ya que todos sus amigos y discípulos se habían escapado,
hasta Pedro, aquél que se llamaba piedra.
Y, ay, estaba seguro de que ese perrito negro,
con su corazón tan tierno y cálido,
nunca lo hubiera dejado sufriendo solo,
sino que, cobijándose debajo de Su Brazo,
habría lamido sus dedos queridos, crispados en agonía.
Y recordando todos sus favores, pero no la pérdida.
Cuando lo llevaron, habría corrido detrás,
siguiéndolo hasta la Cruz.
Dr. Edward Bach
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Elsa B. Mirol Colella
Consultoría Psicológica, Astrológica y Floral
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