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martes, 15 de enero de 2019

El Caduceo, la Vara de Esculapio y la Sanación


El Caduceo, 
la Vara de Esculapio y la Sanación


“Todos deberían aprender de todos por el bien del paciente. La humildad es una virtud evangélica. El paciente debe beneficiarse de todos los cuidados”
Museo de la Asistencia Pública de Paris

La Farmacia y la Medicina han ido tradicionalmente unidas desde tiempos antiguos. La farmacia es uno de los elementos introducidos por el hombre que humaniza la naturaleza. Los símbolos de las profesiones se entremezclan con los mitos: el vaso, la serpiente, la copa o cáliz de Higea, el bastón de Esculapio y el caduceo de Hermes y perviven en nuestros días tras muchos siglos de historia.
A los farmacéuticos y médicos siempre nos ha motivado el dolor humano que nos hace buscar en los secretos misterios de la naturaleza las mejores fórmulas para curar aliviar o consolar  la esperanza terrenal y la sed de eternidad de los hombres. El respeto a la persona esta hecho en gran parte del respeto a su sufrimiento.


El VASO de la farmacia tiene oculto el germen de la revuelta, de la contestación a la enfermedad y a la desgracia y lucha contra ella. Tiene fuerza prometeica. Prometeo robó el fuego a los dioses para dárselo a los hombres que padecían frío El gesto prometeico no es solo la transformación técnica sino también el fuego de la perfección y de la igualación con los dioses. El vaso de la farmacia  expresa la fe en si mismo y la oposición a ser sometido a las fuerzas hostiles de los altos deseos humanos. Farmacia deriva de farmacon que significa medicamento, veneno o tóxico.



La SERPIENTE no es únicamente el mal convertido en bien. Es la emisaria de la tierra que puede sanar o matar y depende de la actitud del hombre hacia ella. Anudada al bastón de Esculapio o enroscadas en el caduceo de Hermes es símbolo de resurrección, de vida, y es un medicamento benéfico que comunica lo inferior con lo superior, la naturaleza con el cielo.



La COPA DE HIGEA con la serpiente enroscada representa a la hija de Esculapio  , dios de la medicina, y era la encargada de preparar los remedios.  Se le menciona en el juramento hipocrático. La serpiente en la copa o cáliz representa el poder del medicamento o veneno que puede matar o curar .El cáliz representa el remedio. Higea es la diosa de la higiene y de ella deriva esta palabra. Simbolo de la prevención.Se le dedicó un altar cerca de los propileos de la acrópolis.


BASTON DE ASCLEPIOS o Esculapio. El bastón, báculo o vara de Esculapio es el símbolo de la profesión médica. Aparece en el 800 antes de nuestra era en tiempos de Homero. Vivió en Tesalia y fue venerado en Atenas, Corinto y Pérgamo. Cultivó la ciencia médica con profundo sentido humanístico y después fue inmortalizado en la mitología. En el bastón se enrosca una serpiente que muda la piel cada primavera y es símbolo del rejuvenecimiento, poder, virilidad, sabiduría, fertilidad, prosperidad y salud.


CADUCEO DE HERMES o Mercurio ( de cadux, embajador o heraldo) son dos serpientes entrelazadas sostenidas por dos alas y fue regalo de Apolo. Algunos lo confunden con la vara, báculo o bastón de Esculapio. Tiene diversas versiones como mensajero de los dioses y dios del comercio. Otros aseguran que inventó la alquimia y llevaba en el peleo o casco con alas la inscripción: “curare tuto,cito et jacunde” ( curar todo y placenteramente).El famoso impresor alemán Froeben lo usó como marca de su imprenta. Se dice que con el caduceo Hermes  dormía o despertaba a los mortales.

Una inscripción en un asclepion o de Atenas en honor a Sarapion, distinguido como filósofo estoico y medico, dice asi:
“ El médico debería ser como un dios, salvador tanto de esclavos, como de los pobres. de los ricos, de los gobernantes y para todos como un hermano dispuesto a ofrecer su  ayuda”

Credos diferentes despertaron inquietudes similares ante el enfermo En la órbita cristiana aparecen las figuras de Cosme y Damián originarios de Siria. Aprendices de los saberes grecorromanos y formados en Artes mostraron inclinación hacia la ciencia médico farmacéutica. Su vocación tenía una doble vertiente como médicos en el arte curativo y la respuesta a la voz  interior que les llamaba al servicio ajeno. Se les bautizó como “anargiros” es decir los sin dinero, desprendidos y desinteresados.

Otro símbolo y patrona de cofradías farmacéuticas es María Magdalena que curó los pies dañados  de Cristo con ungüentos.

Consideraciones finales
La farmacia y la medicina han ido íntimamente unidas en la historia y así deben continuar. Gran parte de los actos médicos precisan la colaboración de la farmacia. Farmacéuticos y médicos somos colegas.
En tiempos actuales y aprendiendo de nuestras raíces debemos reconocer que la salud es un bien irrenunciable y universal (salus significa saludo, salvación). La ciencia podría ser la continuación de las grandes intuiciones contenidas en los mitos.
Es deseable convertir los costes-beneficios de la sanidad en criterios de racionalidad moral hacia el dolor y las necesidades del paciente. Los clásicos nos lo enseñaron hace muchos siglos.

Joaquín Callabed es Doctor en Medicina y autor de Fórmulas Magistrales en Pediatría.
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Actualmente en los restos arqueológicos del Asklepion de Pérgamo (Turquía), se conserva parte de los que fueron los "dormitorios"; también tenía fuentes para baños y un anfiteatro para que los enfermos fueran espectadores ó actores, como parte de la terapéutica. En el pórtico de entrada, hoy inexistente, había un escrito que decía "Prohibido entrar la muerte", porque solo se admitían al os que tenían alguna posibilidad de cura.


Cuenta la historia, tal vez la leyenda que un día no dejaron entrar a un hombre por considerarlo irrecuperable. El hombre quedó merodeando la entrada y uno de los porteros, condolido, le acercó un tazón de leche. A ese tazón se acercaban dos serpientes, y bebían de él.


Poco después comprobaron que el hombre estaba mejorando. Le avisaron a los médicos que lo llevaron adentro y estudiaron qué habrían depositado las serpientes en la leche.


No sabemos más sobre esta historia, ni qué pasó con el enfermo, pero así y allí nació el Símbolo de la Medicina y la Terapéutica.


La anécdota también nos habla del concepto de atención médica con que se trabajó en la Antigüedad



Dra. Susana Brescia 
(del libro "Medicina y Terapia Floral", historia del pensamiento médico de Hipócrates a Edward Bach)




viernes, 22 de septiembre de 2017

La tarea del médico (Dr. Edward Bach)


Libro "Cúrese a Ud. mismo" 
(Dr. Edward Bach)
Capítulo VI: La tarea del médico



Y ahora, mis queridos hermanos, cuando nos damos cuenta de que el Amor y la Unidad son las grandes bases de nuestra Creación, de que somos hijos del Amor Divino, y de que la eterna conquista del mal y del sufrimiento se logrará gracias al cariño y al amor, cuando nos damos cuenta de todo estos, ¿dónde caben en este cuadro tan hermoso prácticas como la vivisección y la implantación de glándulas en los animales? ¿Seguimos siendo tan primitivos, tan paganos, que seguimos pensando que con el sacrificio de animales nos libraremos de los resultados de nuestras propias culpas y errores? 

Hace cerca de 2.500 años, el Señor Buda demostró al mundo lo equivocado del sacrificio de criaturas inferiores. 

La humanidad ha contraído ya una deuda muy grande con los animales a los que ha torturado y destruido, y lejos de beneficiarse el hombre con tan inhumanas prácticas, sólo se perjudica al reino tanto animal como humano. 

Qué lejos hemos llegado, nosotros occidentales, de los hermosos ideales de la antigua India, cuando el amor por las criaturas de la tierra era tan grande que se enseñaba y se entrenaba al hombre a curar enfermedades y heridas no sólo de los animales, sino de las aves. Además, había grandes santuarios para todo tipo de vida, y tan reacia era la gente a hacer daño a una criatura inferior, que se negaban a atender a un cazador enfermo si no juraba abandonar la práctica de la caza.

No hablemos en contra de los hombres que practican la vivisección, ya que muchos de ellos trabajan animados por principios auténticamente humanitarios, esperando y esforzándose por encontrar alivio a los sufrimientos humanos; sus motivos son bastante buenos, pero su sabiduría no lo es, pues no entienden bien la razón de la vida. Sólo el motivo, por bueno que sea, no basta; debe ir acompañado de sabiduría y conocimiento.

Del horror de la magia negra, asociada con el injerto de glándulas, no queremos ni escribir, sólo implorar a todo ser humano que lo evite como a algo diez mil veces peor que cualquier plaga, pues es un pecado contra Dios, contra los hombres y los animales.

No hay objeto en ocuparse de los fracasos de la moderna ciencia médica, a excepción de un par de cosas; la destrucción es inútil si no se reedifica un edificio mejor, y como en medicina ya se han establecido las bases de un edificio más nuevo, ocupémonos de añadir una o dos piedras a ese templo.

Tampoco sirve hoy una crítica adversa de la profesión; es el sistema el que está fundamentalmente equivocado; porque es un sistema en el que el físico, por razones únicamente económicas, no tiene tiempo para administrar un tratamiento tranquilo y sosegado ni oportunidad para meditar y pensar convenientemente cosas que deberían ser la herencia de quienes dedican sus vidas a atender a los enfermos. Como dijo Paracelso, el médico sabio atiende a cinco, y no a quince pacientes, en un día..., ideal inaccesible para el médico corriente en nuestra época.

Amanece sobre nosotros un nuevo y mejor arte de curación. Hace cien años, la homeopatía de Hahnemann era el primer resplandor matutino tras una largo noche de tinieblas, y puede que desempeñe un gran papel en la medicina del futuro. 

Lo que es más, la atención que se dedica actualmente a mejorar la calidad de vida y a establecer una dieta más sana y más pura es un avance en pro de la prevención de la enfermedad; aquellos movimientos que pretenden dar a conocer a la gente tanto la conexión entre los fracasos espirituales y la enfermedad como la curación que puede lograrse perfeccionando la mente, están abriendo camino hacia ese día radiante en que desaparecerá la negra sombra de la enfermedad.

Recordemos que la enfermedad es un enemigo común, y que cada uno de nosotros que conquiste un fragmento de ella está ayudándose a sí mismo y también a toda la humanidad. Habrá que gastar una considerable, pero definitiva, cantidad de energía antes de que la victoria sea completa; todos y cada uno de nosotros debemos esforzarnos por lograr ese resultado, y los más grandes y más fuertes tendrán no sólo que cumplir su parte del trabajo, sino ayudar a sus hermanos más débiles.

Obviamente, la primera forma de evitar que se extienda y aumente la enfermedad es que dejemos de cometer esas acciones que le dan más poder; la segunda, suprimir de nuestra naturaleza nuestros propios defectos, que darían pie a posteriores invasiones. 

El conseguir esto significaría desde luego la victoria; luego, una vez liberados, estamos en condiciones de ayudar a otros. Y no es tan difícil como pudiera parecer a primera vista; se espera que hagamos lo posible, y sabemos que podemos hacerlo siempre que obedezcamos los dictados de nuestra alma. La vida no nos exige sacrificios impensables; nos pide que hagamos su recorrido con alegría en el corazón, y que seamos una bendición para quienes nos rodean, de forma que si dejamos al mundo sólo una pizca mejor de lo que era antes de nuestra visita, hayamos cumplido nuestra misión.

Las enseñanzas de las religiones, si se interpretan debidamente, nos piden a todos “abandonarlo todo y seguirme”, y esos significa que nos entreguemos totalmente a las exigencias de nuestro Ser Superior, pero no, como algunos imaginan, abandonar casa y comodidades, amor y lujos; la verdad está muy lejos de eso. Un príncipe puede ser, con todas las glorias del palacio, un enviado de Dios y una auténtica bendición para su pueblo, para su país -y aún para el mundo-; cuánto se habría perdido si ese príncipe hubiera imaginado que su deber era meterse en un monasterio. 

Las tareas de la vida en todas sus ramas, desde la más baja hasta la más exaltada, hay que cumplirlas, y el Divino Guía de nuestros destinos sabe en qué lugar colocarnos para nuestro bien; todo cuanto se espera que hagamos es cumplir con ese cometido, bien y con alegría. 

Hay santos en la cadena de la fábrica y en la bodega de un barco, igual que los hay entre los dignatarios de las órdenes religiosas. A nadie en esta tierra se le pide que haga más de lo que está en su poder hacer y si nos esforzamos por sacar lo mejor de nosotros mismos, guiados siempre por nuestro Ser Superior, se nos ofrecerá la posibilidad de la salud y la felicidad.

Durante la mayor parte de los dos últimos milenios, la civilización occidental ha pasado por una era de intenso materialismo, y se ha perdido prácticamente la conciencia del lado espiritual de nuestra naturaleza y de nuestra existencia, en una actitud mental que ha situado a las posesiones mundanas, a las ambiciones, deseos y placeres por encima de las cosas reales de la vida. 

La verdadera razón de la existencia del hombre en la tierra ha quedado empañada y oculta por su ansiedad de obtener de su encarnación sólo bienes terrenos. Hubo una época en la que la vida resultó muy difícil debido a la falta del auténtico consuelo, aliciente y estímulo que supone el conocimiento de cosas más importantes que las de este mundo. Durante los últimos siglos, las religiones les han parecido a muchas personas más bien unas leyendas que nada tenían que ver con sus vidas, en lugar de ser la esencia de su existencia.

La verdadera naturaleza de nuestro Ser Superior, el conocimiento de una vida previa y otra posterior, aparte de la actual, ha significado muy poco, en lugar de ser guía y estímulo de todas nuestras acciones. Hemos tendido a apartar las grandes cosas y a hacer la vida lo más cómoda posible retirando lo supra físicos de nuestras mentes y asiéndonos a los placeres terrenos para compensar a nuestros padecimientos. 

Así, la posición, el rango, la riqueza y las posesiones materiales se han convertido en la meta de estos siglos; y como todas esas cosas son fugaces y sólo pueden obtenerse y conservarse a base de ansiedad y concentración sobre las cosas materiales, la paz interna y la felicidad de las generaciones pasadas han quedado infinitamente por debajo de lo que corresponde a la humanidad.

La verdadera paz de espíritu y del alma está con nosotros cuando progresamos espiritualmente, y eso no puede obtenerse con la acumulación de riquezas solamente, por grandes que éstas sean. 

Pero los tiempos están cambiando y hay muchas indicaciones de que esta civilización ha empezado a pasar de la era del puro materialismo al deseo de las realidades y verdades del universo. El interés general y en rápido aumento que hoy se demuestra por el conocimiento de las verdades supra físicas, el creciente número de quienes desean información sobre la existencia antes y después de esta vida, el hallazgo de métodos para conquistar la enfermedad con medios espirituales y de fe, la afición por las antiguas enseñanzas de la sabiduría de Oriente..., todo ello son síntomas de que la gente de hoy ha empezado a vislumbrar la realidad de las cosas. 

Así, cuando se llega al problema de la curación, se comprende que también éste tenga que ponerse a la altura de los tiempos y cambiar sus métodos apartándose del materialismo grosero y tendiendo hacia una ciencia basada sobre las realidades de la Verdad, y regida por la mismas leyes divinas que rigen nuestras naturalezas. 

La curación pasará del ámbito de los métodos físicos de tratamiento del cuerpo físico a la curación mental y espiritual, que, al restablecer la armonía entre la mente y el alma, erradique la auténtica causa de la enfermedad, y permita después la utilización de los medios físicos para completar la curación del cuerpo.

Parece totalmente posible que el arte de la curación pase de manos de los médicos, a no ser que éstos se den cuenta de estos hechos y avancen con el crecimiento espiritual del pueblo, a manos de las órdenes religiosas o a manos de los sanadores natos que existen en toda generación, pero que hasta ahora han vivido más o menos ignorados, impidiéndoseles seguir la llamada de su naturaleza ante la actitud de los ortodoxos. 

Así pues, el médico del futuro tendrá dos finalidades principales que perseguir. La primera será ayudar al paciente a alcanzar un conocimiento de sí mismo y a destacar en sí los errores fundamentales que esté cometiendo, las deficiencias de su carácter que tenga que corregir, y los defectos de su naturaleza que tenga que erradicar y sustituir por las virtudes correspondientes. Semejante médico tendrá que haber estudiado profundamente las leyes que rigen a la humanidad, a la propia naturaleza humana, de forma a poder reconocer en todos los que a él acuden los elementos que causan el conflicto entre el alma y la personalidad. 

Tiene que poder aconsejar al paciente cómo restablecer la armonía requerida, qué acciones contra la Unidad tiene que suspender, qué virtudes tiene que desarrollar necesariamente para borrar sus defectos. Cada caso requerirá un cuidadoso estudio, y sólo quienes hayan dedicado gran parte de su vida al conocimiento de la humanidad, y en sus corazones arda el deseo de ayudar, podrán emprender con éxito esta gloriosa divina labor en pro de la humanidad, abrir los ojos al que padece e iluminarle sobre la razón de su existencia, inspirarle esperanza, consuelo y fe que le permitan dominar su enfermedad.

El segundo deber del médico será administrar los remedios que ayuden al cuerpo físico a recobrar fuerza y ayuden a la mente a serenarse, a ensanchar su campo y a buscar la perfección, trayendo paz y armonía a toda la personalidad. Semejantes remedios se encuentran en la naturaleza, colocados allí por gracia del Divino Creador para cura y consuelo de la humanidad. Se conocen unos cuantos y otros muchos se buscan actualmente por parte de los médicos en diferentes partes del globo, especialmente en nuestra Madre la India, y no cabe duda que cuando estas investigaciones se desarrollen más, recuperaremos gran parte de los conocimientos que se tenían hace dos mil años, y el sanador del futuro tendrá a su disposición los maravillosos remedios naturales que se nos dieron para que el hombre aliviara su enfermedad.

Así pues, la abolición de la enfermedad dependerá de que la humanidad descubra la verdad de las leyes inalterables de nuestra Universo y de que se adapte con humildad y obediencia a esas leyes, trayendo la paz entre su alma y su ser, y recobrando la verdadera alegría y felicidad de la vida. 

Y la parte correspondiente al médico consistirá en ayudar a los que sufren a conocer esa verdad, en indicarle los medios por los que podrá conseguir la armonía, inspirarle con la fe en su divinidad que todo lo vence, y administrar remedios físicos tales que le ayuden a armonizar su personalidad y a curar su cuerpo.

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Si te interesó este artículo y consideras que puede ser resultar un incentivo para el despertar de la consciencia de otras personas, te agradeceré lo compartas.

Prof. Tpta. Elsa B. Mirol Colella
CTS - CENTRO DE TERAPIAS PARA LA SALUD
Tel: (54-11) 4702-7734 / 15-5731-6361
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jueves, 22 de septiembre de 2016

SOMOS LA CAUSA DE NUESTRO SUFRIMIENTO III - Discurso del Dr. Edward Bach



SOMOS LA CAUSA DE NUESTRO SUFRIMIENTO III


(Tercera parte del discurso pronunciado en Southport, en febrero de 1931, ante la comunidad médica inglesa)




Echemos una mirada ahora, por un momento, al hospital del futuro.

Será un santuario de paz, esperanza y alegría. Sin prisas, sin ruido, enteramente desprovisto de todo el aterrorizante aparataje de hoy en día, libre del olor de antisépticos y anestésicos, desprovisto de todo lo que sugiere enfermedad y sufrimiento.  No habrá ya frecuentes y perturbadoras interrupciones del descanso de los pacientes para tomarles la temperatura, ni un examen cotidiano con estetoscopios y palpaciones que impresionan su mente sobre la naturaleza de la enfermedad.  Tampoco se le tormará el pulso constantemente para sugerir que el corazón está latiendo demasiado aprisa. 

Porque todo esto impide que haya una atmósfera de paz y calma, tan necesaria para que el paciente logre una rápida recuperación.

Tampoco se necesitarán laboratorios, porque el examen minucioso y microscópico del detalle ya no importará cuando haya una comprensión total de que es al paciente a quien debe tratarse y no a la enfermedad

La finalidad de  todas las instituciones será tener una atmósfera de paz y de esperanza, de alegría y de fe.  Se hará todo para animar al paciente a que olvide su enfermedad, para que luche por su salud y al mismo tiempo que corrija cualquier falta en su naturaleza, y que alcance la comprensión de la lección que tiene que aprender.

Todo lo que tenga que ver con el hospital del futuro será bello y estimulante, de modo que el paciente busque refugio allí, no solo para aliviarse de su enfermedad sino también para desarrollar el deseo de vivir una vida en mejor armonía con los dictados de su alma que la que vivía anteriormente.

El hospital será la madre de los enfermos, los llevará en sus brazos, los calmará y confortará, y les dará esperanza, fe y valor para sobreponerse a sus dificultades.

El médico del mañana se dará cuenta de que él, por sí mismo, no tiene poder para curar, pero si dedica su vida al servicio de sus semejantes, a estudiar la naturaleza humana a fin de comprender, en parte, su significado, a desear de todo corazón aliviar a los enfermos, entonces, a través de él, tal vez sea enviado el conocimiento que lo guíe y el poder de curar para aliviar la pena.

E inclusive entonces, su poder y su capacidad de ayudar se verá proporcionada a la intensidad del deseo y de su voluntad de servir.  Entenderá que la salud, como la vida, es de Dios, y solo de Dios.  Que él y los remedios que use son meros instrumentos y agentes del Plan Divino para ayudar a devolver al sufriente al sendero de la Ley Divina.

A este médico no le interesarán la patología ó la anatomía patológica, porque él estudiará la salud.  No le importará si, por ejemplo, la respiración insuficiente fue causada por el bacilo tuberculoso, el estreptococo ó cualquier otro organismo.  Pero sí le interesará, y mucho, saber por qué el paciente debe sufrir esa dificultad en su respiración.  Nunca se preocupará por saber cuál de las válvulas del corazón está dañada pero será vital darse cuenta de qué manera el paciente está desarrollando incorrectamente su amor.  No se requerirán ya rayos X para examinar una articulación con artritis, pero si, en cambio, investigar en la mentalidad del paciente para descubrir la rigidez de su mente.

El pronóstico de la enfermedad ya no dependerá de los signos y síntomas físicos sino de la capacidad del paciente para corregir su falta y armonizarse con su Vida Espriritual.

La formación del médico consistirá en un profundo estudio de la naturaleza humana, una gran percepción de lo puro y lo perfecto, una comprensión del estado Divino del hombre y el conocimiento de la manera de ayudar a aquellos que sufren de modo que puedan armonizar su conducta con su Yo Espritual llevando concordia y salud a su personalidad.

Deberá ser capaz de comprender, a partir de la vida y la historia del paciente, el conflicto que está causando la enfermedad y la falta de armonía entre el cuerpo y el alma, y poder así darle el necesario consejo y tratamiento para alivio del sufriente.

También tendrá que estudiar la naturaleza y sus leyes, y estar familiarizado con sus poderes curativos que podrá utilizar para el bien y el provecho del paciente.

El tratamiento del futuro brindará cuatro cualidades al paciente.

Primero paz, segundo esperanza, tercero alegría y cuarto fe.

Y todo el ambiente y atención estarán dedicados a ese fin.  Se rodeará al paciente de una atmósfera de salud y luz tales que estimulen su recuperación.  Y al mismo tiempo, los errores del paciente, habiendo sido diagnosticados, le serán indicados, dándosele la ayuda y el estímulo necesarios para que los pueda vencer.

Además de esto, se administrarán aquellos hermosos remedios que han sido Divinamente enriquecidos con poderes curativos, para abrir aquellos canales de la luz del alma que están limitados, de modo que el paciente pueda verse inundado con la virtud curativa.

La acción de estos remedios es la de elevar nuestras vibraciones y abrir nuestros canales para la recepción de nuestro Yo espiritual, inundar nuestra naturaleza con la virtud particular que necesitamos y lavarnos de la falta que está causando el daño. Como bella música ó cualquier cosa gloriosamente exaltadora que nos dé inspiración, los remedios pueden elevar nuestra misma naturaleza acercándonos a nuestras almas, y por este acto mismo brindarnos paz y aliviar nuestros sufrimientos.

No curan atacando la enfermedad sino inundando nuestro cuerpo de las hermosas vibraciones de nuestra naturaleza superior, en presencia de la cual la enfermedad se derrite como la nieve al sol.

Y por último, deben cambiar la actitud del paciente con respecto a la enfermedad y a la salud.




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Como parte de la Celebración del Mes del Terapeuta Floral, comparto artículos y diversos materiales de interés relacionados con la Terapia Floral y la obra del Dr. Bach.

El Día Internacional del Terapeuta Floral fue establecido en el año 2009, el día 24 de Septiembre, dia del nacimiento del Dr. Edward Bach,  a partir de la votación realizada en el Grupo de Terapeutas Florales "Flor Vida", de Argentina, al cual pertenezco, y como iniciativa del mismo, siendo aprobado por el Bach Centre de Inglaterra ese mismo año.

El Dr. Bach nació el 24 de septiembre de 1886, en Moseley, en las afueras de Birminhgham, Inglaterra.

Elsa B. Mirol Colella

Terapia Floral - Psicología Junguiana
consultas@center-salud.com
www.center-salud.com
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